A bordo, una bolsa impermeable rara vez termina su vida colocada con cuidado en un maletero. La Gill Voyager de 30 litros ha pasado del barco al paddle, de los traslados a los salones náuticos, sin recibir un cuidado especialmente esmerado. Esto es lo que ha puesto de manifiesto este uso prolongado.
Tres años sin trato de favor
Una mochila impermeable que se utiliza a bordo rara vez acaba manteniéndose limpia y bien ordenada. Durante tres años, nuestra Gill Voyager de 30 litros se ha utilizado en condiciones muy diversas, tanto como mochila de navegación como en viajes de trabajo o salidas en paddle.

Se colocó sobre los pontones, se transportó a bordo, se expuso a las salpicaduras, a la inmersión y se dejó regularmente al sol. Por lo tanto, los rayos UV del Mediterráneo han formado parte integral de esta prueba de larga duración. Y en cuanto al mantenimiento, hemos apostado por el minimalismo: los enjuagues con agua dulce han sido escasos.

Este tratamiento es, en definitiva, bastante representativo de lo que puede sufrir una bolsa náutica que se utiliza con regularidad. Al cabo de tres años, permite sobre todo observar su envejecimiento con mayor perspectiva.
El lienzo y los ensamblajes han envejecido bien
El Voyager se basa en una estructura de lona recubierta de PVC con uniones soldadas por alta frecuencia y sin costuras. Gill sigue utilizando este principio en el actual Voyager 2.0.

Después de tres años, no hemos detectado ningún desgarro en nuestra bolsa. La lona ha resistido bien el uso diario, pero también la exposición repetida al sol del Mediterráneo. No hemos observado ningún deterioro que pueda comprometer su uso o su impermeabilidad.

Lo mismo ocurre con las uniones soldadas: han permanecido intactas.
Espacios de almacenamiento que evitan tener que meterlo todo en un solo bolso
Uno de los aspectos positivos que se han destacado es la organización interior. Los compartimentos permiten separar parte del material y evitan que todo acabe en el fondo de la mochila.

Buscar unas gafas, unas llaves o cualquier pequeño accesorio en un bolso hondo, mientras el barco se balancea, se convierte rápidamente en algo molesto. Aquí, la organización es sencilla y fácil de entender.
El bolsillo delantero sigue siendo su principal inconveniente
Sin embargo, hay una limitación que hay que tener muy en cuenta: el bolsillo delantero no es estanco. De hecho, Gill lo presenta como si estuviera equipado con un cierre resistente al agua, lo cual no es lo mismo que un compartimento estanco.

Sobre el papel, no hay nada engañoso. En la práctica, es más sutil. Este bolsillo es tan accesible que solemos meter en él pequeños objetos de forma espontánea. Sin embargo, cuando el bolso se cae al agua, este flota, pero el contenido de este bolsillo queda expuesto a la humedad. No obstante, el cristal (la parte transparente), a pesar de ser sensible a la sal y a los rayos UV, ha conservado sus propiedades sin amarillear.
En la parte trasera, el relieve evoca la naturaleza de la mochila
La Voyager se puede llevar como una auténtica mochila, lo que supone una ventaja considerable a la hora de desplazarse entre el barco, el coche y el embarcadero. Además, el sistema de transporte de la gama actual cuenta con un acolchado de malla transpirable.

Cuando hace mucho calor, la espalda suda. La prenda hermética y el clima mediterráneo no son precisamente la mejor combinación para la ventilación.
En un puerto, en un recorrido de unos cientos de metros, esto no tiene mucha importancia. Sin embargo, en una ruta prolongada en pleno verano, el fenómeno se hace mucho más notable. La Voyager sigue siendo, ante todo, una mochila náutica impermeable que se puede llevar a la espalda, y no una mochila de senderismo diseñada pensando en la ventilación.
En conclusión, la estanqueidad sigue siendo un tema de actualidad
El interés de una prueba a largo plazo radica precisamente en esto. Nueve de ellas, casi todas las bolsas impermeables, cumplen su función.
Nuestra Gill Voyager de 30 litros no presenta ningún desgarro, sus uniones siguen intactas y, sobre todo, su compartimento principal sigue siendo estanco. El tejido también ha envejecido bien, a pesar de que su mantenimiento se ha limitado a lo estrictamente necesario.
Quedan dos pegas: un bolsillo delantero práctico, pero no impermeable, en el que hay que aprender a no guardar nada delicado, y el hecho de que, al llevarlo puesto, da calor cuando suben las temperaturas.
Pero la principal conclusión de esta prueba es otra: tras tres años de uso intensivo y sin precauciones especiales, el Voyager sigue cumpliendo la función para la que lo elegimos: mantener nuestras cosas secas.

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