Desde 1910, la velería Burgaud ha seguido el ritmo de la evolución de la vela, desde la pesca de bajura hasta las réplicas de fragatas históricas. El vídeo cuenta la historia de la propia construcción, testigo de los avances técnicos, las opciones estratégicas y las transmisiones familiares que han dado forma al taller de Noirmoutier.
Un velero de puerto pesquero ante las exigencias de los costeros
A principios del siglo XX, las velas seguían siendo el motor de los barcos de pesca y de transporte costero. En l'Herbaudière y luego en el puerto de Noirmoutier, Émile Burgaud, formado en el corte y montaje de lonas tradicionales, se hizo cargo de un taller existente y lo instaló en el Quai Cassard.
La especialidad de la empresa eran las velas de trabajo. Velas mayores con cuernos, foques sobre estay, velas de un tercio para posavasos. Los tejidos eran de algodón o cáñamo, pesados y sensibles a la humedad y al moho. El corte es empírico, basado en el saber hacer transmitido en el taller. Se aprende observando, trazando en el suelo, utilizando la aguja y la bisagra.
Para los navegantes, lo que está en juego es sencillo. Una vela bien trimada mantiene el rumbo, aguanta la brisa y resiste el paso del tiempo. Una vela mal trimada cansa el aparejo y ralentiza el barco. La reputación de un yate se construye en el muelle, a la vista de todos.
Guerras mundiales y escasez de tejidos: cómo mantener el negocio en marcha
La Primera Guerra Mundial y luego la Segunda pusieron patas arriba la organización del taller. Los aprendices se marcharon al frente y los suministros de lona empezaron a escasear. El negocio se ralentiza por falta de materias primas.
Este periodo arroja luz sobre un aspecto a menudo olvidado en la historia de los fabricantes de velas. Su dependencia de la industria textil. Sin algodón ni cáñamo, no habría velas. Algunos artesanos se dedicaron temporalmente a otros trabajos pesados de costura o se incorporaron a la industria aeronáutica, donde se extendieron las técnicas de ensamblaje de lonas y estructuras ligeras.
Para los navegantes de hoy, esta secuencia es un recordatorio de que la vela sigue siendo un producto técnico sujeto a la disponibilidad de fibras: fibras naturales en el pasado, fibras sintéticas en la actualidad.
Del algodón al dacrón, la transformación técnica de los años 50
Después de 1945, el panorama náutico cambió. Se desarrolló la navegación de recreo y aparecieron las lanchas neumáticas y los pequeños cruceros. El dacrón y el nailon fueron sustituyendo a las fibras naturales. Los tejidos se hicieron más estables dimensionalmente y más resistentes a los rayos UV y al agua salada.
Para un fabricante de velas tradicional, esta transición requiere una adaptación completa. Nuevos pesos, nuevas máquinas de coser capaces de ensamblar bandas más finas, comprensión del alargamiento bajo carga. El suelo se amplió para dar cabida a superficies mayores. El taller duplicó su tamaño para satisfacer la creciente demanda.
Los pedidos también cambian. Muscadet, Forban, Frégate y otros barcos de producción exigen juegos de velas reproducibles con cortes normalizados. Los fabricantes de velas se alejan progresivamente de los barcos de trabajo y se orientan hacia las embarcaciones de recreo.
De las regatas a los grandes spinnakers, diversificación y tecnicidad
A partir de los años 70 y 80, las regatas y los cruceros deportivos influyeron en los talleres. La aparición de spinnakers más ligeros y vistosos exigió un fino dominio de los tejidos de nailon, los refuerzos radiales y los acabados en los puntos de amura y escota.
Jean Pierre Burgaud, que se formó en parte en el sur de Francia, trajo métodos modernos de corte y ensamblaje. El uso de cuero para los refuerzos, la utilización de herramientas más precisas y la integración gradual de nuevos materiales dan fe de un aumento de la sofisticación técnica.
Al mismo tiempo, el taller contribuye a dar forma a la industria náutica local, junto con los actores del sector de los herrajes de cubierta y las asociaciones dedicadas al patrimonio marítimo. El trabajo del velero ya no se limita a producir velas, sino que forma parte de un ecosistema.
Velas tradicionales, cómo reconstruir un aparejo antiguo
El punto de inflexión llegó con los pedidos de velas para barcos tradicionales. Desde lanchas a réplicas de corsarios y fragatas, estos proyectos exigían una vuelta a nuestras raíces.
Fabricar más de 700 m² de velas para un bisquino o más de 2.000 m² para una fragata como la Hermione requiere una organización específica. Investigación de planos antiguos, selección de telas adecuadas, costura a la antigua, orillos, illets y garcetas conforme a las prácticas históricas.
Estos proyectos interesan tanto a los aficionados al patrimonio como a los profesionales. Demuestran que un taller artesanal puede movilizar competencias contemporáneas al servicio de aparejos tradicionales complejos, con loros, tapeculs y foques múltiples.
Transmisión de la empresa familiar y adaptación a nuevos mercados
A lo largo de más de un siglo, la velería Burgaud ilustra la transmisión de un oficio manual dentro de una misma familia. Cada generación aporta su propia interpretación del mercado. Pesca, yachting, regatas, patrimonio, diversificación hacia otros servicios náuticos, incluida la electrónica de a bordo.
Y detrás de la historia que cuenta el vídeo, queda una pregunta tanto para los navegantes como para los profesionales. ¿Cómo puede seguir existiendo un taller local frente a la estandarización industrial y las velas internacionales producidas en serie?
Parte de la respuesta reside en estar anclado en un puerto, estar cerca de los navegantes y poder pasar del foque de un crucero costero a la superficie vélica completa de un yate de tres mástiles.
En Noirmoutier, la fachada azul es algo más que un telón de fondo. Es un punto de referencia para quienes viven al ritmo de las mareas. Y a punto de cumplir 120 años, el taller sigue cortando y ensamblando, entre el recuerdo de las piedras y la sal de los muelles.

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