Hay navegantes que tienen una confianza inquebrantable en que están en lo cierto. Conocen el reglamento. Saben cómo invocarlo y pueden explicarte, con una seguridad admirable, por qué no tenían ningún motivo para actuar de otra manera.
Sobre el papel, todo es impecable. En el agua, a veces la cosa cambia.
Porque un barco no navega solo ante un jurado. Navega entre otros barcos, con sus velocidades, sus trayectorias, sus limitaciones y, además, con personas a bordo. Una realidad que a veces obliga a mirar un poco más allá de la punta de la proa.
Tomemos como ejemplo una maniobra de lo más habitual: reducir la superficie de la vela. Nada más legítimo. Pero hay que preguntarse qué implicaciones tiene esta decisión para quienes navegan cerca. Un cambio de rumbo, una brusca reducción de la velocidad? y la situación puede cambiar en cuestión de segundos.
Ahí es precisamente donde empieza el oficio de marinero. No en leer el reglamento a posteriori, sino en anticipar lo que los demás podrán ?o no podrán? hacer.
Por supuesto, existen normas de prioridad. Afortunadamente. Pero no constituyen ni un escudo mágico ni un permiso para maniobrar sin tener en cuenta el entorno. El propio RIPAM exige a todos que tomen las precauciones necesarias para evitar el peligro.
Lo que me molesta, en el fondo, es esa tentación de confundir prioridad con absolución. Como si el mero hecho de estar en lo cierto bastara para demostrar que se ha tomado la decisión correcta.
Y cuando las cosas salen mal, el primer instinto a veces es revelador: incluso antes de preguntarnos qué se podría haber evitado, intentamos averiguar quién tendrá que pagar.
El mar se merece algo mejor que este recuento de responsabilidades.
A un buen marinero no solo se le reconoce por su capacidad para defender su posición. También se le reconoce por su capacidad para dejar a los demás la posibilidad de maniobrar.

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